Alimañas
Diarios de Worldbuilding
Durante los mejores tiempos no hacía falta hablar de ellas. Por eso eran los mejores. Sin embargo, las alimañas continuaban existiendo en el imaginario colectivo, en las leyendas, en las canciones de taberna y, por qué no admitirlo, en las pesadillas de cualquier infeliz que hubiera tenido la mala suerte de toparse con alguna... aunque también la dicha de haber sobrevivido para contarlo.
Se decía de ellas que eran la mala hierba fruto de alguna semilla aciaga que, en tiempos de ángeles caídos, había germinado en silencio, despacio y en tierras donde la oscuridad marcaba la frontera entre su reino y el de la luz. La noche era su territorio. Los montes perdidos, su hogar.
Aunque podía suceder que, de vez en cuando, alguna de esas semillas quedara atrapada en la ropa, el cabello o la piel de un montaraz. Y entonces, como una garrapata, sin ser vista ni sentida, iba echando raíces en su huésped y terminaba, con los años, ocupando su cuerpo, sorbiendo su alma y secando su corazón.
Las alimañas temían a las armas de plata. Les cegaba su brillo y su tacto les ulceraba la piel, de por sí gangrenada. Los nawales sabían cómo purificarlas y enviarlas a los soles. Por eso, a ellos los odiaban. Pero su peor tortura, aquello que las hacía sufrir lo que no está escrito, era escuchar el canto de un ángel. Y nadie aseguraba que no quedara ninguno vagando por las tierras de Nueva Pangea.
(En relación a Las Reliquias del Nawal, una trilogía de fantasía romántica ambientada en los antiguos mitos del Mediterráneo y Medio Oriente. Disponible aquí en verano de 2026)



Me gustan mucho los fragmentos que compartes. Sí así me gusta, no puedo imaginarme como será tener la historia completa en mis manos. Gracias como siempre.
Me ha encantado el efecto combinado de las dos primeras frases. Creo que aportan una fuerza e inercia especial al resto del texto.